Cuando el Capitán Mercer llegó a la escena, el ambiente en el campus era caótico. La noticia del hallazgo macabro se había extendido por la ciudad, y una multitud curiosa se agolpaba frente a la puerta del edificio, esperando el informe oficial.
En el interior, Patrick esperaba pacientemente junto a los restos colocados sobre una mesa de disección improvisada con una tabla. La atmósfera era sofocante, impregnada del hedor de la descomposición. Al escuchar pasos firmes detrás de él, Patrick se volvió.
- Buenas Tardes Capitán - dijo Patrick.
Mercer, con un pañuelo presionado contra su nariz, miró los restos y frunció el ceño.
- ¿Qué tenemos aquí? -
- Me parece que hemos encontrado al Doctor... o parte de él -
- ¿Webster? - dijo Mercer con una mirada de cierta incredulidad
- Si, al parecer el profesor busco otra manera de liquidar su deuda -
Patrick sabía que por ahora solo tenían cosas circunstanciales. Si no encontraban una manera de relacionar los restos con el Doctor no tendrían caso.
El Capitán se volvió hacia el oficial Clapp.
—Clapp, quiero que vayan a la casa del profesor en Cambridge y lo lleven a la prefectura. No le digan que está bajo arresto. Solo díganle que necesitamos hacerle unas preguntas relacionadas con el laboratorio. Mantengamos esto discreto por ahora.-
Clapp asintió rápidamente y salió del laboratorio para organizar al equipo que iría a buscar al profesor Webster.
- Señor Garrett no hace falta decirle la gravedad de este asunto, confío en usted para que lo maneje con cautela y nos ayude con la ultima parte de este rompecabezas - dijo el Capitán dirigiéndose a la salida. Quería estar en la prefectura cuando interrogaran a Webster.
Patrick permaneció en el laboratorio junto a un par de oficiales, analizando la escena. Gracias a sus conocimientos de alquimia y anotomía humana adquiridos en sus estudios de lo oculto junto Williams, sabía que los cuerpos en descomposición desprendían distintos gases, solo necesitaría cierto compuestos químicos para poder lograr la reacción necesaria y vuola, encontraría lo que estaba buscando.
- No será difícil encontrar lo que necesito, gracias al Profesor el laboratorio esta bastante bien equipado - dijo mientras los oficiales lo miraban con cierta incredulidad.
Patrick conocía que de la descomposición de las proteínas del cuerpo se liberaba Sulfuro de hidrógeno, este mezclado con una solución de sales de plomo y mercurio podría generar una especie de humo, sin embargo, su favorito era la fosfina ya que en presencia de oxigeno puro genera una llama que parecía que se creaba como por arte de magia. Le gustaba por el efecto que efecto que esto producía en las personas.
Mientras Patrick se dedicaba a preparar los compuestos necesarios, el profesor John Webster era llevado a la prefectura sin saber completamente la razón detrás de su traslado. Al llegar, se le condujo a una sala austera, iluminada por una lámpara que arrojaba sombras inquietantes sobre las paredes. El Capitán Mercer lo esperaba con su rostro impenetrable.
Webster se sentó con una mezcla de confusión y nerviosismo, ajustándose el cuello de su abrigo como si le faltara el aire. Mercer comenzó el interrogatorio con un tono frío.
—Profesor Webster, hemos encontrado restos humanos en las inmediaciones de su laboratorio. ¿Tiene algo que decir al respecto?
Webster lo miró fijamente, tratando de mantener la compostura.
—No sé de qué me habla, Capitán. No tengo conocimiento de ningún crimen —respondió, pero su voz temblorosa traicionaba sus palabras.
Mercer no mostró reacción. Sacó una libreta de su bolsillo y continuó.
—El conserje Littlefield, en un acto de lo que podríamos llamar iniciativa, descubrió partes de un cuerpo humano detrás de la pared del retrete en su laboratorio. ¿Puede explicar cómo llegaron allí?
Al escuchar esto, Webster perdió por completo su fachada de calma. Su rostro se tornó pálido y sus manos comenzaron a temblar. Con una mezcla de incredulidad y desesperación, exclamó:
—¡Ese villano! ¡Littlefield me está arruinando!
El Oficial Clapp , que había permanecido callado, intervino.
—Profesor, según usted mismo, solo usted y el señor Littlefield tenían acceso a esa área. ¿Está sugiriendo que él es responsable?
Webster, atrapado en su propia lógica, asintió rápidamente.
—¡Por supuesto! Es la única explicación posible. Él debió haber hecho esto para incriminarme.
Mercer observó al profesor con detenimiento, su mirada penetrante evaluaba cada palabra y gesto. Webster, al darse cuenta de que sus excusas no estaban siendo tomadas en serio, se hundió en un silencio sombrío. Durante horas, permaneció sentado en su celda, temblando y sudando profusamente.
En un momento de descuido, Webster sacó un pequeño paquete del bolsillo de su abrigo. Lo abrió con manos temblorosas y rápidamente se llevó algo a la boca. Los guardias al ver lo que estaba intentando hacer, intervinieron de inmediato, pero Webster ya había logrado tragarlo.
Cuando le preguntaron qué había ingerido, el profesor, con una sonrisa amarga, susurró:
—Estricnina.
La estricnina no tuvo el efecto inmediato que había esperado y el profesor comenzó a enfermarse violentamente. Los médicos fueron llamados para estabilizarlo. Este intento de suicidio solo reforzó las sospechas que tenia Mercer de su culpabilidad, solo faltaba conectarlo con la victima.
Mientras Patrick junto a los dos oficiales examinaban el laboratorio. Observó los elementos dispersos sobre la mesa con la precisión de un erudito de lo oculto. Para cualquier otro, aquellos frascos y polvos no serían más que meros compuestos inertes, pero para él, eran la clave para desvelar lo que permanecía oculto en la escena del crimen.
Con un movimiento calculado, vertió una pequeña cantidad de acetato de plomo en una solución preparada con sulfuro de hidrógeno. La reacción fue inmediata: un leve oscurecimiento, prueba de la putrefacción y de los vapores liberados por la descomposición. El azufre, el elemento de la transmutación y la corrupción, se manifestaba en aquel hedor que impregnaba el aire.
Sin embargo, su verdadera herramienta era la fosfina. En la tradición de la alquimia, el fósforo era visto como la chispa divina, la luz que emergía de la muerte y la descomposición. Patrick conocía bien su potencial. Preparó con meticulosidad un frasco con restos de fosfuro de calcio y lo expuso a la humedad del ambiente. Como había anticipado, el contacto con el aire generó una combustión repentina: una llama azul, pálida y fugaz, pero lo suficientemente impactante como para despertar miradas de asombro en los oficiales que lo rodeaban.
"Magia", pensaron algunos. Pero para Patrick, solo era la manifestación de los principios que regían el mundo material. El fuego purificador de los antiguos, la combustión espontánea de la materia impura.
Dirigió la manguera hacia distintos puntos del laboratorio, canalizando los vapores incoloros. Cuando la llama volvió a surgir, iluminando brevemente la penumbra del lugar, supo que había encontrado lo que buscaba. La ciencia y la alquimia no eran sino dos caminos distintos para alcanzar la verdad, y en ese instante, ambas se unían para señalar un mismo destino: la revelación de lo que había sido ocultado.
- Cuidado - dijo Patrick notando unas manchas de acido en el suelo.
Los oficiales con cautela examinaron el fregadero sacando un cofre que olía de una manera repulsiva, al abrirlo la sorpresa sería mayor, no solo por el olor putrefacto que lleno el laboratorio sino porque esa imagen sería difícil de borrar de las mentes de los oficiales que retrocedieron para dar paso a Patrick.
- Que diablos es esto - dijo en voz alta.
En el cofre había un torso sin brazos cuya cabeza estaba cercenada, el olor era una mezcla de la descomposición y de las partes quemadas. Buscando el horno del laboratorio encontraron más fragmentos de huesos incluida una mandíbula con dientes.
Patrick se llevó una mano a la boca y desvió la mirada por un instante. Incluso para alguien con su experiencia, la escena era grotesca. Sin embargo, obligó a su mente a enfocarse. Habían encontrado pruebas irrefutables de que el profesor Webster no solo tenía relación con el crimen, sino que probablemente era el perpetrador.
Los oficiales cubrieron el cofre y comenzaron a documentar la escena, mientras Patrick inspeccionaba los restos con mayor detenimiento. Se inclinó sobre la mandíbula y observó los dientes con atención. La idea lo golpeó con fuerza.
—Necesitamos a un odontólogo —murmuró.
Uno de los oficiales lo miró con extrañeza.
—¿Para qué?
Patrick se enderezó y se sacudió el polvo de su abrigo.
—Los registros dentales son una forma infalible de identificación en un estado de descomposición avanzada. Si este cuerpo es del Doctor Parkman, sus dientes lo probarán.
El Capitán Mercer recibió la noticia en la prefectura con una expresión sombría. En su interior, ya sabía la respuesta antes de que el peritaje estuviera listo. El cadáver encontrado en el laboratorio de Webster coincidía con la descripción del desaparecido Doctor Parkman. Cuando recibió el informe odontológico confirmando la identidad de la víctima, no sintió satisfacción, sino un profundo peso sobre sus hombros, debía comunicar a la familia el hallazgo y eso lo llenaba de pesar, el Doctor era un persona muy querido en la ciudad.
Decidió interrogar a Webster una vez más. Esta vez, no habría rodeos.
—Profesor Webster —dijo con voz firme, sentándose frente a él en la celda—, ya no hay dudas. Los restos pertenecen a Parkman. Encontramos su mandíbula, sus dientes. No hay escapatoria.
El rostro del profesor estaba pálido, su cuerpo encorvado y débil. Tras el fallido intento de suicidio, parecía haber envejecido una década en pocas horas. Mantuvo el silencio por unos minutos hasta que finalmente murmuró:
—Él… él me humilló. Me acorraló. No me dejó otra opción.
Mercer se inclinó hacia adelante.
—Cuénteme exactamente qué pasó.
Webster suspiró, hundiéndose aún más en su miseria. Con una voz apenas audible, comenzó su confesión. Contó cómo Parkman había llegado a su laboratorio exigiendo el dinero que Webster le debía. Cómo la discusión se había vuelto cada vez más intensa. Y cómo, en un arranque de furia y desesperación, había tomado un atizador y lo había golpeado en la cabeza.
—No quería matarlo —sollozó—. Pero cuando me di cuenta de lo que había hecho… ya era tarde.
El silencio que siguió fue abrumador. Finalmente, Mercer se levantó.
—Lo confesarás todo ante el juez —declaró—. Se hará justicia.
El juicio de Webster se convirtió en uno de los más notorios en la historia de Boston. La evidencia, su confesión y la meticulosa investigación llevada a cabo por Patrick y el Capitán Mercer aseguraron su condena. Fue sentenciado a la horca, y el caso quedó grabado en la historia criminal de la ciudad.
Tiempo después, Patrick se paró frente al edificio del laboratorio, observando las ventanas oscuras y silenciosas. Encendió un cigarro y exhaló el humo lentamente. Había resuelto su primer caso importante, pero el horror de lo que había visto lo acompañaría por mucho tiempo.
Boston nunca olvidaría el asesinato del Doctor Parkman… ni al hombre que lo llevó a la justicia.